Huerta Bar

LA NOCHE DE TU AUSENCIA

Cigar Bar” (Brent Lynch)
Fue la última vez que la encontré en el bar. Se encontraba sola, alejada sentada en la mesa del rincón, parecía tan distante, sumergida en sus propios pensamientos. Estaba mirando el vaso de cerveza, moviéndolo en forma de remolino, quizás para no tener que tomar la espuma. No la quise molestar pero, el reloj me decía que andaba retrasado, y que sería un error hacerla esperar más de la cuenta. Al acomodar la silla para sentarme a su lado, me miró, con una ternura que sólo ella podía irradiar. Sonriéndome, y sin ningún reclamo sobre mi tardanza, me dijo: “Sorry, pero ya te llevo ventaja al tomarme este vaso de cerveza”. Le respondí, algo aliviado al notar que andaba de buen humor: “No te preocupes, ahora pido otro vaso de cerveza y te alcanzo”.
Conversamos diversos temas, de cómo estaban los amigos en común, a quién habíamos visto después de tiempo, cómo estaba su familia, y esas cosas que en esos momentos parecían algo banales y triviales, pero que uno comenta, para hacer larga la conversación y para evitar el tema principal, del cuál nos tenía sentados aquella noche, en la misma mesa de siempre en aquél establecimiento, repleto de gente, que conversaban en voz alta, para así lograr comunicarse, pues la música del lugar estaba bastante alta. Uno parecía que se iba a quedar ronco de tanto gritar, pero igual, se divertían. En el fondo, deseaba no estar pasando por esta situación y creo que ella pensaba lo mismo.
Cuando nos veíamos, la mayoría de las veces, resultaba una experiencia muy encantadora, la pasábamos bien. Paula trataba de conocerme, de analizar mis pensamientos, lo mejor de ella era que, entendía todas mis bromas, que trataban de ser sutiles, irónicas y hasta sarcásticas, sin lograr nunca su objetivo. Ella se reía a más no poder, no sé si disfrutaba mis locuras por lo bien que las hacía o por lo tontas que se veían, yo creo, que era por la segunda opción. A Paula, eso no importaba, se divertía, se sentía segura a mi lado, me amaba y eso era lo único que le interesaba. Y para mi, verla contenta era lo mejor que me podía pasar, disfrutar cada día de su sonrisa, era mi vitamina diaria para poder sobrellevar los problemas que me aquejaban, que siempre surgían por el lado menos pensado.
Con ella, veía el mundo distinto, a pesar que trataba de ser objetivo y ver las cosas desde un punto de vista diferente al resto. Paula me daba las soluciones y con mucha calma y astucia me enseñaba el camino que debía de seguir. Había aprendido muy bien a manejarme, a controlarme, a calmarme, cuando me encontraba en un estado alterado, sabía que no me quedaba nunca callado porque trataba siempre de salir ganador de aquellas discusiones – ahora que las recuerdo, me parecen tan estúpidas y sin sentido – que sólo nos hacían pasar malos ratos. Paula, muy calmada y con argumentos sólidos, casi siempre lograba estabilizarme emocionalmente, pensar un poco más las cosas y lo que ninguna mujer hasta ahora había logrado en mí, me dejaba calladito, sin nada que decir, tan solo atinaba a escucharla y ceder a todo lo que me decía.
Era tanta nuestra alegría de habernos conocido, de saber que nos amábamos mutuamente, que incluso ella me sugirió, muy sutilmente, casarnos. “¿Casarnos?”, le pregunté. “¿Y por qué no? ¿No dices que me amas, que me quieres, no crees que esta relación avance?”, me dijo, algo sorprendida – incluso más de lo que yo en esos momentos estaba – con mi pregunta. Era cierto, la estábamos pasando bien juntos, y creo que ella sentía esa la felicidad y la quería plasmar en aquél acto, que te compromete para toda la vida. “Quiero tener algo serio contigo”, me lo dijo con un tono de voz más pausado y melancólico. No hacía falta que me mirase a los ojos para saber que estaba llorando.
Ya más calmado, le comenté todas mis teorías sobre el matrimonio, las cuales no son nada buenas y van en contra de aquél “matrisuicidio”. Creo que lo decía más por el temor a casarme a de estar seguro de quererla. Le puse mil pretextos para no cometer tamaño error. Le dije que mi trabajo no era el mejor de todos, y que encima era inestable. Que a pesar de que ella tenía un trabajo en donde ganaba lo suficiente para mantenerse, no iba a poder encargarse de todos los gastos. Además, “el casado, casa quiere”, y eso nos iba a costar una barbaridad, incluso, teníamos que gastar en todas las cosas para la casa. Un dinero que ninguno de los dos tenía y que si lo pedíamos prestado al banco íbamos a gastar nuestro sueldo en tan solo pagar deudas y de ello, se crearían problemas entre ambos, no estaríamos nada cómodos emocionalmente ni económicamente.
Después de esa conversación que tuvimos, nunca más me mencionó el tema. Para que se sintiera mejor, le compré un anillo, que a mi manera de ver las cosas, simbolizaba todo el cariño que sentía por ella, y que daba al menos una esperanza, de más adelante tener una verdadera unión. Lo recibió con una amplia sonrisa y con un fuerte beso, que hasta hoy lo recuerdo. Me prometió que nunca se lo quitaría. Me explicó que, no quería pasar más tiempo de novia, pues con su anterior relación, llevaron el noviazgo por más de 5 años. Y ahora no quería cometer los mismos errores de antes.
Sabíamos muy bien que esta relación iba a llegar a su fin. La presión para que no se terminen estos momentos era fuerte. Ocultábamos nuestros sentimientos, tratábamos de que la otra persona no se diera cuenta de aquella preocupación. Solo vivíamos el día, sin preocuparnos del mañana. Hasta que ese mañana, inevitablemente llegó. Creo que a veces las personas piensan tanto en un día indicado, importante para ellos. Se rompen la cabeza en como actuar en esos momentos. Incluso, se ven afrontando múltiples situaciones, para que ninguna las tome por sorpresa. Analiza, estudia, prepara su guión. Ya todo lo tiene calculado pero, el día llega y todo lo pensado se va por la borda y solo atinas a quedarte callado.
Después de un par de horas, charlando en el bar, Paula salió llorando, sin ni siquiera despedirse. A la carrera tomó el primer taxi que se encontraba afuera y se dirigió muy presurosa al aeropuerto. Ahí la estaba esperando el vuelo que se dirigía a España. Iba a retomar sus estudios de Derecho Comercial. Allá se pensaba quedar, radicar y ejercer su profesión.
No atiné a nada, no reaccioné, solo me quedé sentado, jugueteando con mi vaso de cerveza. Ya ni siquiera escuchaba todo el ruido que existía a mi alrededor, en mi cabeza solo rondaba las palabras que me dijo entre lagrimas antes de partir: “Lamentó mucho no poder seguir con lo nuestro, maldigo al destino por ser bastante cruel, nos había jugado una mala pasada, te quiero, entiéndelo”. Al ver que mi reacción era sólo escucharla y no decir palabra alguna. Me devolvió el pequeño pero significativo anillo que le había dado meses antes. Lamentablemente y lo que ella quizás nunca sabrá es que, en mi bolsillo, llevaba un anillo de compromiso. Planifiqué tanto el momento y las palabras correctas para pedirle que se casara conmigo, que sólo conseguí alejarla de mi lado y quedarme con dos anillos.