¿Feliz Cumpleaños?

Un día más: el 5 de Septiembre

Salgo de casa. El camino es largo. Pero me voy con una sonrisa que se desvanece al cerrar la puerta. No soy de las personas que demuestran sus momentos malos ante mi familia o seres queridos, siempre quise mantener mi hogar limpio y protegido de los problemas que me han aquejado, son muchos, pero ellos nunca se han enterado. Al menos tengo la suerte de no haberme pasado nada grave, pero a veces, siento la tentación de gritar todo, de decir lo que siento, de acurrucarme en sus brazos y sentir ese apoyo que tanto necesito. Todos estos pensamientos se me pasan al ver cuando me sonríen, a pesar de que me cuentan que también tienen problemas y que para su tranquilidad me notan calmado, disfrutando de mi vida. Recuerdo mucho que mi padre me dijo alguna vez, que ellos no se preocupaban por mí, pues confiaban mucho en lo hacia y deshacía, en mis decisiones que llegaban a distanciar de mi existir, todo los males. Casi se me salen las lágrimas en ese instante, pero mantuve ese temperamento que me ayuda a no caerme frente a ellos.
La pista está mojada, desde las primeras horas del día no ha dejado de llover. Estoy acostumbrado a tener que soportar este clima, de la famosa “panza de burro” que siempre ha cubierto Lima, desde que tengo uso de razón. Incluso al escuchar las historias que cuenta mi padre al hablar de mí. Creo que siempre recordará con cariño el día que me conoció, pero también, no se le borra de la mente ese día de lluvia y de baja temperatura. Ahora, se vuelve a repetir, con mucha más crudeza, pues la neblina y el grado de humedad habiendo llegado al 100%. Todas estas características juntas hacen de este un horrible día.
Al pasar por aquel callejón que tengo que cruzar para acortar distancias, yendo al paradero de buses. Me decido abrir el pequeño sobre que me entregó mi madrina. A pesar de los años y de las inclemencias, siempre ha venido a visitarme. Claro, antes ella venía acompañada de mi abuelita, que hasta el último año de su existencia, no dejó de estar presente para saludarme. Hoy se ha sentido su presencia y creo que no he sido el único que lo notó. Mi mamá estaba acostumbrada a verla este día. Y ahora mira con nostalgia a mi abuelo que ha tomado la posta de su mamá. Quizás, quiera grabar en su mente estos pequeños momentos de felicidad, para recordarlos toda la vida.
Desde pequeño no he estado acostumbrado a festejar este día. Fue por propia decisión. Creo que mis padres nos enseñaron a valorar las cosas pequeñas de la vida. No me moría por tener a todos mis amigos de la escuela metidos en mi casa, revoloteando, haciendo bulla o embutiéndose todos los dulces que encontraban en la mesa, esperando tan solo que acabe el show del payaso para irse raudos a sus casas, con su pastel en la mano. Aunque tenía esa tentación, pues podía tener más de un regalo. Me acostumbré a pasarlo en familia, en vez de dulces, mi mamá me preparaba la comida que más me gustaba. No había una torta de chocolate con mi nombre dibujado, pero no faltaba un delicioso pastel de manzana. Tampoco tenía de regalo el juguete de moda, pero recibía una cantidad considerable de dinero, que para un niño de mi edad o de mi barrio era más que suficiente. Hasta llegué a sacar una cuenta bancaria. Creo que con esa plata, me hubiera comprado lo que quería, ropa, algún juguete nuevo o una pelota de fútbol, pero ya en ese tiempo, se hacia notar mi personalidad indecisa. Claro que después de años y en momentos de escasez económica que pasó mi familia, contribuí a palear en algo las cuentas familiares.

Ya siendo adolescente y cursando secundaría. La costumbre y las chacotas de todo chico de esa edad, hizo que ocultara este día. Pues cuando teníamos conocimiento de que un compañero de aula, cumplía años, no por propia boca del cumpleañero, sino que nunca falta en la escuela la niña chismosa o la profesora orgullosa de su alumno, siempre lo esperábamos a salida del colegio. Todos nos dispersábamos en grupos para hacer cada movimiento. Unos compraban el kilo de huevos, con el dinero que habíamos dado en el salón para, de cierta forma festejar con nuestro propio estilo, al amigo que cumplía años. Otros se quedaban esperando en la puerta de salida y por sea caso, en los posibles escapes que podía tomar al sospechar nuestra actitud. Las chicas también hacían lo suyo, eran el toque de distracción y las encargadas de llevar al cumpleañero a la cueva de lobo, en donde lo esperábamos ansiosos y con mucha risa, al imaginarnos lo que le esperaba. Ni bien lograba pasar el umbral de la puerta de salida. Una lluvia copiosa de huevos caía directo a su cabeza. Algunos corrían desesperados, llegando a escapar, pero siempre volvían por las chicas. Sabiendo el destino que me esperaba y conocedor de que muchos querían vengarse por estamparle un huevo en su frente, siempre oculté este día. Y todos esos años, de tanto mentirles y aprovechando sus frágiles mentes, para ellos, nunca supieron que mi cumpleaños caía un día de clase, sino un sábado o domingo, alejado de las aulas.
En esa época y con el trascurso de los años, dejando de lado un poco las bromas y los excesos que cometíamos antes e influenciados por las costumbres de las chicas, tomamos más importancia al día en que nacimos. Además, ellas querían saberlo, ya que se empezaban a interesar más por nosotros, quizás ya no nos veían como compañeros de clase, sino como posibles parejas. Incluso, se venía el año de las quinceañeras, trayendo como consecuencia los famosos “Slam”, que eran unos cuadernos de hasta 100 hojas, en donde se hacían distintas preguntas, con el solo propósito de hurgar en el pensamiento de aquellas mentes jóvenes y ansiosas de vivir, que les interesaban. Todos los participantes agarraban un número y tenían tan solo 2 reglones para responder. No podía faltar la pregunta que todas querían saber y que le daba prestigió al famoso cuadernito ¿Quién te gusta del colegio? Muchos la dejaban en blanco, pero cuando alguien se animaba a ser sincero, era cuestión de horas nada más, para molestarlo por su respuesta. Siempre ponía en ese campo el nombre de la profesora más joven y hermosa del colegio, lo cuál me costaba muchas críticas, pero me ceñía a lo que me preguntaban y era válida mi respuesta, pues querían que ponga el nombre de una compañera de clase. Por eso no me preocupaba responderla, aunque no fuera cierta, me servía para ocultar lo que sentía. Lo que si no podía solucionar, fue cuando llegué a la pregunta ¿Cuándo es tu cumpleaños? Cuando me animé a responderla, fue la sensación del salón, y todas me miraban con caras de ternura, pues por fin me animaba a debelar el misterio del día de mi cumpleaños, lo que no sabían era que puse “8 de septiembre”. Desde ese momento, todos me saludaban ese día. Lo cuál, me hacia sentir bien, pues no me preocupaba tanto de esa fecha. Además que podía festejar con ellos, por fin mi santo, el cuál ya había pasado unos días antes, para esos momentos. Hasta ahora, que ya todos saben en realidad mi verdadera fecha de nacimiento, no falta amigos de colegio que me saludan el 8.

En la universidad fue distinto, pues no tenía muchos amigos. Conformé un pequeño grupo de, paradójicamente, cinco amigos. Nunca me gustó el número 5, hasta ahora mis numerales de la suerte son pares, no impares, pero el día, el mes y el año en que nací, están compuestos de números impares. Supongo que fue rebeldía ante el destino y escogí como número de suerte el 8. Andábamos por todos lados, tratando de apoyarnos para sobrevivir en aquel centro de estudios, pues sabíamos que solo pocos lograban terminar la carrera. Solo dos, lograron esa meta, los otros, encontraron otra forma de solventarse la vida. En ese tiempo, se acostumbraba a invitar a todos los conocidos y los más populares de la universidad a la casa del cumpleañero. Era muy importante saber quién iba asistir a la reunión, pues de ello dependía el éxito de la fiesta. Por eso evitaban invitar a los que no eran muy conocidos en la universidad, los huraños o antisociales, por eso creo que no recibía invitación alguna. Claro que no era muy importante para mí aquel acontecimiento, además, sabía de antemano, que a mis amigos los habían invitado y con ellos podía asistir a la gran reunión. Pero, como les había contado, dependía mucho de las personas que asistían, los chicos populares o las chicas hermosas, sino nadie se animaba a ir, prefiriendo marcharse en grupo a gozar y rumbear más en una discoteca de moda. Cuando nos tocaba festejar nuestros cumpleaños, la mejor forma que teníamos para pasarlo bien con mi grupito era, ir a las galerías de la Av. Brasil, en donde alquilábamos un par de horas y jugábamos Play Station, después nos íbamos a tomar a un bar, maloliente, característica primordial de todo bar limeño, donde nos recibía con cara de pocos amigos la “Tía Cucaracha”, acostumbrada a ver pasar por su local a toda clase de borrachos y sacarlos a punta de escobazos de su pequeño recinto.


Un repentino freno que dio el bus, me hizo despertar. Debo haber dormido al menos 20 minutos. Era un alivio, pues estoy sufriendo de un insomnio que me dejaba como zombi en el transcurso del día. Observo a través de la ventana empañada de humedad del carro que aún me falta un tramo por recorrer para llegar a mi destino. Noto que la gente camina toda apresurada, con sus abrigos que los cubría del fuerte frío y de la lluvia abundante que descendía esa noche. Ya ni siquiera se podía distinguir las casas del Cerro San Cristóbal, la neblina ocultaba todo el paisaje y las casas. Solo dejaba traspasar levemente las luces amarrillas de los postes, que tenuemente alumbraban las calles. Se hacia difícil manejar en aquellas pistas llenas de agua. En algunas partes se producían aniegos y pozos, que los carros maltrechos tenían como obstáculo. Y era una suerte que las llantas desgastadas pudieran servir en esos momentos. Ni siquiera pude apreciar aquella casa que tiene pintada el escudo en forma de “U”, que tiene el equipo del cuál soy hincha. Volviendo mi mirada hacia las personas que viajaban conmigo en el bus, sorpresivamente encontré la mirada de una chica simpática que me examinaba con atención. Incluso me llegó a sonreír, pero al ver la tristeza dibujada en mi rostro, se incomodó y prefirió mirar todo el espectáculo siniestro de las calles limeñas.

Miro la hora. Me doy cuenta que como siempre, llegaré tarde a mi propia reunión. Preocupado saco mi celular, para ver si no estaba apagado, pues no había recibido llamada alguna. No me sorprendió verlo funcionando como si nada estuviera. Ni siquiera me habían llegado mensajes de texto. Esbocé una pequeña sonrisa. Recordaba que desde que logré tener un celular, siempre lo apagaba este día. Todos mis amigos, hasta mis familiares, me reprochaban aquella actitud y aún me siguen criticando por ello. Aunque sé que ni siquiera intentaron llamarme, pues desde el año pasado que dejé aquella actitud contra mi celular. Mi argumento para tamaño acto de asesinato comunicacional, era que no quería recibir llamada alguna, pues a pesar que he estudiado comunicaciones, soy muy tímido y a la vez parco. Ahora pienso que si elegí esta carrera, era como una forma de grandes sesiones siquiátricas, para aprender a relacionarme mejor con las personas, al comienzo no me sirvió de nada, pero ya con la ayuda de mis amigos, pude afrontar mejor la realidad. Para colmo, me refugié en la lectura y en la escritura, que son dos cosas que se disfrutan al máximo, cuando estás completamente solo. Se me hace difícil recibir las llamadas de mis propios familiares, llámese tíos, que no estoy acostumbrado a verlos tan seguido, y claro por el cariño que desde pequeño me tienen, algunos se acuerdan de este día. Cuando me llaman, siempre me recuerdan que estarán ahí para brindarme todo su cariño y que no deje de confiar en ellos, expresándome muchos deseos para el año que se avecina. Al cuál respondo con mucha gratitud, pero después de ello, ambos nos quedamos en silencio y es preferible despedirse. La verdad, que no soy muy allegado a mis familiares. Los veo solo en las fiestas o reuniones que organizan. Tampoco llego al extremo de ponerme a un lado, trato de fraternizar con ellos, pues, a pesar de no verme seguido, siento ese cariño fraterno. Si sé de ellos es por mis hermanos mayores, que me ponen al tanto de los acontecimientos con tintes pintorescos que rozan los límites del chime.
Y es que el tema del celular, se me hace gracioso. Pues casi nunca hago llamadas, no me pregunten por qué, pues no lo sé. Creo que es la costumbre. Es por eso, que ni siquiera me preocupo por tener salgo para comunicarme. Solo mando mensajes que ahora son bastante cómodos, y cuando no tengo saldo, siempre doy una “timbrada misia”, para que me llamen. Ojo, no es porque tenga avaricia o tacañería, pero prefiero gastar esa plata en otras cosas. Además, se nota que no me gusta llamar, pues tengo el teléfono fijo de mi casa y nunca lo utilizo. Eso me trajo muchos problemas con anteriores relaciones, pues ellas esperaban hasta el último momento que las llame, y como nunca ocurría eso, decidían que ese era un problema fundamental y me dejaban. Después de varios años y reencontrándome con chicas que llegué a conocer en una fiesta y que por diversos motivos no nos seguimos frecuentando, siempre me enteraba, por ellas mismas, que por no llamarlas, después de conocernos y pasarla genial, perdí la oportunidad de tenerlas como pareja, pues les había llegado a gustar y ellas creían que no las había llamado porque me aburría con ellas, lo cuál no era cierto, pues me gustaban mucho, es más me sorprendía y me alegraba que sean honestas. Lamentablemente, todas me dijeron lo mismo, cuando ya tenían una relación estable en esos momentos y con planes de casarse. No sé si era para liberarse de todo su pasado y dejar limpia su conciencia o por el licor, que hasta llegaban a declarar su amor oculto hacia mi persona, pensando que hubiera sido lindo y precioso estar conmigo, pero que el destino les tenía preparado otro hombre. Cuando se terminaban de secar sus lágrimas, por tamaña confesión, me preguntaban por mi estado actual, si es que tenía pareja. Al notar que mi respuesta era negativa, me miraban con un cierto aire de lamento, tratando de consolarme con la frase: “Ya encontrarás una persona que valga la pena y te merezca”.

Al pasar los años, me di cuenta que apagar mi celular era una forma de restringir y limitar la buena voluntad de las personas que se acordaban de este día. Y les daba importancia a aquellas, que no tenían en su agenda este acontecimiento. Creo que es parte del crecer y de la experiencia, la cuál me hizo darme cuenta a tiempo de las cosas que valen la pena. Por eso, el año pasado, decidí mantenerlo prendido. Y voy a Tratar de seguir con esta costumbre por muchos años más. Porque el año pasado fue especial. Ahora puedo darme cuenta que el destino hizo que tomara la decisión, justo en aquel momento, de tenerlo prendido para esperar las llamadas de mis amigos y familiares. Las cuales no llegaron nunca a realizarse, pues acostumbrados a encontrar siempre el mensaje de la contestadota, decidieron lógicamente no llamarme. Pero, en cambio, recibí solo una llamada, que fue el comienzo de algo que nunca olvidaré.
En realidad me sorprendió recibir ese llamado. Pero fue tan natural la forma cómo hablamos, como si nos conociéramos de años. Hablamos poco, es cierto, pero fueron momentos muy gratos. Desde ese instante pasé con ella, muchas cosas hermosas. Me logró enseñar algo muy especial, que siempre guardaré en mi corazón. Pero ahora, después de un año, sé que no recibiré más esa llamada. Me duele en el alma no haber podido cuidar todo lo que me brindo. Sé, también, que le he dicho muchas cosas horribles, que eso ha hecho que se aleje mucho más de mí y confirme su decisión de no verme nunca más, pero si las dije fue porque estaba dañado, pero nada justifica mi actitud. Y que si habría una oportunidad de volver a ser los mismos de antes, hoy, con mis palabras y mis promesas siempre incumplidas, han desaparecido por completo. Es duro saber, que ni siquiera tendré la oportunidad de acercarme a ella y poder abrazarla, me hace mucha falta en estos momentos, la necesito. Hoy, siento que mi corazón se encuentra fúnebre con su partida, no noto reacción de su parte. Mis pensamientos están en su regazo, pero quizás ella no lo necesite por eso trata de olvidarse de este ser, tenebroso y sombrío que me he convertido y que no le sirve de nada tenerme a su lado, pues causo pesar y mis palabras dañan como azotes a la espalda. Tan solo quisiera decirle que ella sabe muy bien lo que siento, va ser difícil olvidarla, nunca pensaré mal de ella y guardaré como un tesoro todos los momentos felices que pasamos. Quizás ya no creas más en mis palabras, por eso solo me queda pedirte, perdón.
Entro al edificio. Subo el ascensor, aprovecho la oportunidad para secar mis lágrimas. Trato de darme ánimos, pero no puedo solo. Toco el timbre. Al abrir la puerta, todos mis amigos más cercanos, felices de verme, con cerveza en las manos, se acercan cada uno a felicitarme. Sonrió. Me hacen brindar con ellos, me dan su cariño y me siento contento de saber que están aquí. Sé que tomaré, bailaré, haremos cualquier cosa para pasarlo bien y divertirnos, como estamos acostumbrados hacerlo. Les agradezco por estar ahí. Pero ellos nunca sabrán qué me pasa, así como lo hago con mi familia, les ocultaré los momentos difíciles que estoy pasando, pues me quieren ver feliz y no sería justo para nadie ponerme mal. Esto me lo guardo para mí, para poderlo afrontar y volver a empezar. Sé que pasarán cosas después de la reunión, tomaré hasta poder por fin, emborracharme, pero, soy conciente, que mientras tenga alcohol en mi cuerpo y pase por las venas, me olvidaré de todo. Lástima que no duré todo el tiempo. Ya que mañana también amanecerá nublado y con lluvia, así como en mi vida.

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Huerta Bar

LA NOCHE DE TU AUSENCIA

Cigar Bar” (Brent Lynch)
Fue la última vez que la encontré en el bar. Se encontraba sola, alejada sentada en la mesa del rincón, parecía tan distante, sumergida en sus propios pensamientos. Estaba mirando el vaso de cerveza, moviéndolo en forma de remolino, quizás para no tener que tomar la espuma. No la quise molestar pero, el reloj me decía que andaba retrasado, y que sería un error hacerla esperar más de la cuenta. Al acomodar la silla para sentarme a su lado, me miró, con una ternura que sólo ella podía irradiar. Sonriéndome, y sin ningún reclamo sobre mi tardanza, me dijo: “Sorry, pero ya te llevo ventaja al tomarme este vaso de cerveza”. Le respondí, algo aliviado al notar que andaba de buen humor: “No te preocupes, ahora pido otro vaso de cerveza y te alcanzo”.
Conversamos diversos temas, de cómo estaban los amigos en común, a quién habíamos visto después de tiempo, cómo estaba su familia, y esas cosas que en esos momentos parecían algo banales y triviales, pero que uno comenta, para hacer larga la conversación y para evitar el tema principal, del cuál nos tenía sentados aquella noche, en la misma mesa de siempre en aquél establecimiento, repleto de gente, que conversaban en voz alta, para así lograr comunicarse, pues la música del lugar estaba bastante alta. Uno parecía que se iba a quedar ronco de tanto gritar, pero igual, se divertían. En el fondo, deseaba no estar pasando por esta situación y creo que ella pensaba lo mismo.
Cuando nos veíamos, la mayoría de las veces, resultaba una experiencia muy encantadora, la pasábamos bien. Paula trataba de conocerme, de analizar mis pensamientos, lo mejor de ella era que, entendía todas mis bromas, que trataban de ser sutiles, irónicas y hasta sarcásticas, sin lograr nunca su objetivo. Ella se reía a más no poder, no sé si disfrutaba mis locuras por lo bien que las hacía o por lo tontas que se veían, yo creo, que era por la segunda opción. A Paula, eso no importaba, se divertía, se sentía segura a mi lado, me amaba y eso era lo único que le interesaba. Y para mi, verla contenta era lo mejor que me podía pasar, disfrutar cada día de su sonrisa, era mi vitamina diaria para poder sobrellevar los problemas que me aquejaban, que siempre surgían por el lado menos pensado.
Con ella, veía el mundo distinto, a pesar que trataba de ser objetivo y ver las cosas desde un punto de vista diferente al resto. Paula me daba las soluciones y con mucha calma y astucia me enseñaba el camino que debía de seguir. Había aprendido muy bien a manejarme, a controlarme, a calmarme, cuando me encontraba en un estado alterado, sabía que no me quedaba nunca callado porque trataba siempre de salir ganador de aquellas discusiones – ahora que las recuerdo, me parecen tan estúpidas y sin sentido – que sólo nos hacían pasar malos ratos. Paula, muy calmada y con argumentos sólidos, casi siempre lograba estabilizarme emocionalmente, pensar un poco más las cosas y lo que ninguna mujer hasta ahora había logrado en mí, me dejaba calladito, sin nada que decir, tan solo atinaba a escucharla y ceder a todo lo que me decía.
Era tanta nuestra alegría de habernos conocido, de saber que nos amábamos mutuamente, que incluso ella me sugirió, muy sutilmente, casarnos. “¿Casarnos?”, le pregunté. “¿Y por qué no? ¿No dices que me amas, que me quieres, no crees que esta relación avance?”, me dijo, algo sorprendida – incluso más de lo que yo en esos momentos estaba – con mi pregunta. Era cierto, la estábamos pasando bien juntos, y creo que ella sentía esa la felicidad y la quería plasmar en aquél acto, que te compromete para toda la vida. “Quiero tener algo serio contigo”, me lo dijo con un tono de voz más pausado y melancólico. No hacía falta que me mirase a los ojos para saber que estaba llorando.
Ya más calmado, le comenté todas mis teorías sobre el matrimonio, las cuales no son nada buenas y van en contra de aquél “matrisuicidio”. Creo que lo decía más por el temor a casarme a de estar seguro de quererla. Le puse mil pretextos para no cometer tamaño error. Le dije que mi trabajo no era el mejor de todos, y que encima era inestable. Que a pesar de que ella tenía un trabajo en donde ganaba lo suficiente para mantenerse, no iba a poder encargarse de todos los gastos. Además, “el casado, casa quiere”, y eso nos iba a costar una barbaridad, incluso, teníamos que gastar en todas las cosas para la casa. Un dinero que ninguno de los dos tenía y que si lo pedíamos prestado al banco íbamos a gastar nuestro sueldo en tan solo pagar deudas y de ello, se crearían problemas entre ambos, no estaríamos nada cómodos emocionalmente ni económicamente.
Después de esa conversación que tuvimos, nunca más me mencionó el tema. Para que se sintiera mejor, le compré un anillo, que a mi manera de ver las cosas, simbolizaba todo el cariño que sentía por ella, y que daba al menos una esperanza, de más adelante tener una verdadera unión. Lo recibió con una amplia sonrisa y con un fuerte beso, que hasta hoy lo recuerdo. Me prometió que nunca se lo quitaría. Me explicó que, no quería pasar más tiempo de novia, pues con su anterior relación, llevaron el noviazgo por más de 5 años. Y ahora no quería cometer los mismos errores de antes.
Sabíamos muy bien que esta relación iba a llegar a su fin. La presión para que no se terminen estos momentos era fuerte. Ocultábamos nuestros sentimientos, tratábamos de que la otra persona no se diera cuenta de aquella preocupación. Solo vivíamos el día, sin preocuparnos del mañana. Hasta que ese mañana, inevitablemente llegó. Creo que a veces las personas piensan tanto en un día indicado, importante para ellos. Se rompen la cabeza en como actuar en esos momentos. Incluso, se ven afrontando múltiples situaciones, para que ninguna las tome por sorpresa. Analiza, estudia, prepara su guión. Ya todo lo tiene calculado pero, el día llega y todo lo pensado se va por la borda y solo atinas a quedarte callado.
Después de un par de horas, charlando en el bar, Paula salió llorando, sin ni siquiera despedirse. A la carrera tomó el primer taxi que se encontraba afuera y se dirigió muy presurosa al aeropuerto. Ahí la estaba esperando el vuelo que se dirigía a España. Iba a retomar sus estudios de Derecho Comercial. Allá se pensaba quedar, radicar y ejercer su profesión.
No atiné a nada, no reaccioné, solo me quedé sentado, jugueteando con mi vaso de cerveza. Ya ni siquiera escuchaba todo el ruido que existía a mi alrededor, en mi cabeza solo rondaba las palabras que me dijo entre lagrimas antes de partir: “Lamentó mucho no poder seguir con lo nuestro, maldigo al destino por ser bastante cruel, nos había jugado una mala pasada, te quiero, entiéndelo”. Al ver que mi reacción era sólo escucharla y no decir palabra alguna. Me devolvió el pequeño pero significativo anillo que le había dado meses antes. Lamentablemente y lo que ella quizás nunca sabrá es que, en mi bolsillo, llevaba un anillo de compromiso. Planifiqué tanto el momento y las palabras correctas para pedirle que se casara conmigo, que sólo conseguí alejarla de mi lado y quedarme con dos anillos.